La Revolución de «Pipi» Suárez

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Por Francisco José Estévez Hernández @FranOmega. Socio-Director de Estévez Abogados. Abogado ejerciente ICAM. Miembro de la Asociación Española de Derecho Deportivo.

Contacto: es.linkedin.com/pub/fran-estevez/31/617/673/

Fran marzo 2014En el mundo del fútbol, los aficionados tendemos a considerar como héroes a las grandes figuras, lo cual es muy lógico desde un punto de vista estrictamente deportivo pero, si de lo que hablamos es de la relación del deportista con el Derecho Laboral, y de los profundos cambios que se han ido dando durante las últimas décadas, siempre han sido los futbolistas más modestos y poco conocidos quienes se han aventurado a acudir a los Tribunales en defensa de sus derechos, obteniendo así resoluciones que han ido modificando todo el sistema legal.

En materia deportivo-laboral, el legislador siempre ha sido lento de reflejos y extremadamente conservador, por lo que ha ido siempre detrás de los Tribunales, y han sido estos quienes han abierto el arco de los derechos, resolviendo reclamaciones individuales, con espíritu valiente y pionero. De Oscar Téllez al juvenil Oliver Bocos, pasando por Mista, Zubiaurre o el célebre Bosman, muchos futbolistas jóvenes o modestos han conseguido abrir camino a sus compañeros y a ellos, y a su asunción del riesgo de perder varios años de su ya de por sí corta carrera, debemos gran parte de los derechos de que hoy goza el deportista profesional.

Es difícil elegir sólo a uno de entre ellos pero, teniendo en cuenta la trascendencia que tuvo la resolución de su asunto y el momento en que inició su cruzada particular -durante los años 60-70, cuando ni el régimen político, ni los tribunales, ni la defensa de los derechos individuales en general tenían nada que ver con lo que ahora conocemos- quiero detenerme en el caso que protagonizó, entre 1969 y 1971, el «Pipi» Suárez.

Alberto Suárez Suárez, «Pipi» nació en Sotrondio (Asturias), en la Cuenca del Nalón, el 3 de agosto de 1938, en una familia minera con nueve hijos, y tuvo la desgracia de quedarse huérfano de padre con sólo seis años de edad. En una situación de extrema pobreza, muy similar a la dibujada por John Ford en “¡Qué verde era mi Valle!”, su madre se vio obligada, como tantas familias durante los durísimos años 40, a pedir ayuda a la Iglesia.

Gracias también a la mediación de su hermano mayor José, que había obtenido una beca en el mismo Centro, fue acogido en 1950 por el Instituto Católico de Estudios Técnicos de la barriada de El Palo, en Málaga, cuando Alberto sólo tenía 12 años, permaneciendo allí hasta el final de sus estudios de maestría industrial.

Regresó después a Sotrondio, donde inició su carrera futbolística en el CD San Martín y estuvo a punto de fichar por el Real Spórting de Gijón, pero él añoraba la ciudad donde se había formado, y pasó a formar parte de la plantilla del CD Málaga en la temporada 1955/56, en Segunda División, cuando estaba a punto de cumplir 18 años.

Alberto Suárez jugó siete temporadas en el CD Málaga, se convirtió en uno de los jugadores más queridos de su Historia y fichó por el Real Madrid, donde ganó 1 Copa de Europa y 2 Ligas aunque jugó poco, debido a sus problemas con las lesiones. Por eso, sólo dos años después, fue traspasado al Sevilla F.C.

El futbolista estaba triunfando en el Club hispalense pero la llegada de un nuevo entrenador que no contaba con él, tensó sus relaciones con la Directiva y, cuando le dejaron de pagar unas cantidades a las que él consideraba que tenía derecho, se decidió a denunciar al Sevilla F.C. ante la Magistratura del Trabajo de Sevilla, retirándose de la práctica del fútbol al finalizar la temporada 1967-68 e iniciando, seguro que sin ser muy consciente de ello, una reclamación judicial que se convertiría en histórica para el Fútbol y para el Derecho Laboral español.

Establecido de nuevo en Málaga desde su retirada, casado y con cuatro hijos, Alberto Suárez «Pipi» murió el 8 de diciembre de 2001, con sólo 63 años de edad. El Ayuntamiento de Málaga acordó dar el nombre de Alberto Suárez Pipi a unos Jardines, situados frente a la playa.

Para entender su contribución a los mundos del Derecho Laboral y Deportivo, nos tenemos que situar a finales de los años sesenta, cuando estaba vigente el Reglamento de Jugadores, aprobado por la Asamblea General de la Federación Española de Fútbol de 14 de junio de 1965 y por la Delegación Nacional de Educación Física y Deportes, en 27 de julio siguiente, que excluía cualquier otra jurisdicción que no fuese la federativa, para cualquier tipo de reclamaciones, ylos Tribunales laborales habían declarado también, reiteradamente, la incompetencia del orden social ante cualquier conflicto suscitado entre el deportista y su club.

Pero cuando la Magistratura de Trabajo de Sevilla, en sentencia de 25 de noviembre de 1970, pasa por encima de la reclamación formulada, sin entrar en el fondo y estimando la excepción de falta de jurisdicción por razón de la materia, que había planteado el Sevilla F.C., fue necesario que el futbolista acudiera a la segunda instancia.

Fue así como se obtuvo la legendaria Sentencia de 24 de junio de 1971, dictada por el Tribunal Central de Trabajo (TCT)actualmente inexistente y sustituido por las Salas de lo Social de la Audiencia Nacional y de los Tribunales Superiores de Justicia por la Ley Orgánica 6/1985– en el conocido como «Caso Alberto “Pipi” Suárez-Sevilla FC» mediante la cual acabó con el contenido del mencionado Reglamento de Jugadores, que excluía expresamente del ámbito laboral, tanto “la práctica del juego de fútbol”, como “las compensaciones económicas que se consideren a los jugadores profesionales”, a las que expresamente se evitaba denominar como “salario o base de su medio de vida”.

En opinión del Tribunal, dicho Reglamento suponía “un intento frustrado de desnaturalizar una realidad innegable, porque cuando el fútbol profesional rebasa los límites de esparcimiento deportivo de quienes lo practican, para convertirse en espectáculo de masas, mediante el pago de entrada y el jugador hace de este deporte su medio de vida habitual bajo dependencia ajena, sujeto a un horario estricto, ha de concluirse que nos hallamos ante un verdadero contrato de trabajo, porque lo esencial para que éste exista es que haya prestación de servicios, mediante retribución a cargo del empresario”.

Las consideraciones de dicha sentencia supusieron un giro de 180º a la situación vivida hasta entonces, sentaron Jurisprudencia y fueron seguidas por resoluciones posteriores, tanto del propio TCT como del Tribunal Supremo por lo que, cuando se prepara la que sería la Ley 16/1976, de 8 abril de Relaciones Laborales, resultó obligado incluir una expresa referencia al trabajo de los deportistas profesionales y, en opinión del autor D. José Luján Alcaraz, “la solución propuesta por el legislador fue tan original como afortunada: incluirla expresamente en el catálogo de relaciones laborales especiales”; solución también asumida posteriormente en la Ley 8/1980, de 10 marzo, del Estatuto de los Trabajadores.

Dicha evolución, primero jurisprudencial y luego legislativa, culminó pues en el RD 1006/1985, de 26 junio, aún vigente aunque, pese a la evolución vivida durante todos estos años, en opinión del prestigioso autor D. Alberto Palomar: “Los deportistas viven aislados del marco laboral común y no se ha producido ningún avance real, pese a lo que costó la profesionalización de los deportistas y su posterior consolidación, sobre todo en base a las insuficiencias y vacilaciones sobre el propio modelo de deporte profesional, la no concreción, y la necesidad de que los Tribunales tengan incluso que definir conceptos, como sin ir más lejos sucedió con algo tan básico como el de deportista profesional que, a raíz de la sentencia del Tribunal Supremo de 24 de abril de 2009, se extiende a “quienes realizan cualquier actividad deportiva y reciben una remuneración –cualquiera que sea- por esta actividad”.

Los males actuales, pues, coinciden más de lo que quisiéramos con los padecidos hace cuarenta años, cuando resultó imprescindible que Don Alberto Suárez, conocido como «Pipi», asturiano de nacimiento, malagueño de adopción e ilustre malaguista en el recuerdo, acudiera a los Tribunales para que fueran éstos quienes le otorgaran una distinción que nadie podrá quitarle nunca: la de ser el primer futbolista profesional de la Historia del Fútbol Español, revolucionando con ello todo el sistema laboral y deportivo, imperante hasta entonces.

 

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