El precio de la ilusión

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Por Emilio Gude @Emiliogude Adjunto a Dirección en Ceca Magán Abogados ( @CECAMAGAN ) Departamento Procesal.

EG mediosSiempre que me piden escribir, parto de mi incapacidad para tener una idea medianamente inteligente por mí mismo y busco ayuda en los libros, en el cine, en el arte, en la historia o en cualquier fuente cultural, esperando que los grandes talentos que dieron forma a los más brillantes pensamientos, me aporten la inspiración suficiente para escribir mil palabras con relativa dignidad.

La dificultad se acrecienta cuando me piden que escriba sobre lo que quiera y no me dan un tema concreto al que al menos poder agarrarme sin exprimir del todo mi árida imaginación. El reto no es tal, es una canallada: ¿qué puedo escribir yo sobre recursos humanos sin tener ni idea de recursos humanos?. La opción es hacerlo mal o hacerlo peor. Este es el panorama. Pero como me dijo una vez mi hermano, veterano de unas cuantas zonas de conflicto, para entendernos, de guerra: “Que me disparen en Afganistán es lo normal, así que no me quejo. Me quejaría si me disparasen en Madrid”. Pues si dije que sí a escribir para este blog, ahora no tiene mucho sentido esta queja y este “curarse en salud” un tanto cobarde.

Por lo tanto, sólo me queda hablarles, o mejor dicho escribirles, sobre algo de lo que sí tengo una amplia vivencia: la ilusión. Permítanme, entonces, recurrir a los libros para poder ilustrar la cuestión con las palabras de hombres y mujeres brillantes con la virtud de la sabiduría y el talento para transmitirla. Al fin y al cabo, como aquella canción de estribillo machacón que cantase Aute para el programa homónimo: todo está en los libros. Permítanme, como decía, comenzar con dos breves referencias que resumen con toda perfección la idea que Ortega y Gasset tenía acerca de la ilusión. Son apenas unos renglones pero dotados de una fuerza tremenda que elevan a la ilusión por encima del deber de la obligación entendiendo aquella primera como una cuestión existencial.

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Yo no creo mucho en la obligación, como creía Kant; lo espero todo del entusiasmo. Siempre es más fecunda una ilusión que un deber. (Tal vez el papel de la obligación u el deber es subsidiario; hacen falta para llenar los huecos de la ilusión y el entusiasmo).”

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“Siempre me ha repugnado el frecuente personaje a quien oímos decir constantemente que se cree en el deber de hacer esto o lo otro. Yo me he creído muy  pocas veces en deberes durante mi vida. La he vivido y la vivo casi entera empujado por ilusiones, no por deberes. Es más: la ética que acaso el año que viene exponga en un curso ante ustedes se diferencia de todas las tradicionales en que no considera el deber como la idea primaria en la moral, sino a la ilusión. El deber es cosa importante pero secundaria –es el sustituto, el Ersatz, de la ilusión. Es preciso que hagamos siquiera por deber lo que no hayamos de hacer por ilusión.”

No puedo estar más de acuerdo con nuestro gran filósofo, si algo debe movernos es la ilusión. Es, quizás, el mayor tesoro a conservar de aquellos que nos han sido concedidos. A lo largo de las décadas, que son un territorio más vasto y tenebroso que los años, debemos disponer toda nuestra inteligencia y nuestras emociones para dejarnos atravesar por la ilusión. No es este un ejercicio de “buenismo”, ni un consejo de libro de autoayuda, nada más lejos de la intención. Casi siempre los axiomas facilones que apelan al sentimentalismo evidente no son sino un signo de poca profundidad en la reflexión. Dicho esto, aclaro que tampoco traspasaré territorios vedados para hombres sabios ya que cualquier pretensión en ese sentido rozaría el habitual retrato del tertuliano en su afán de ser lo que nunca será. Mi propósito, simplemente es comentar la necesidad imperiosa de tener ilusión en todos los órdenes de la vida, por supuesto, pero centrados en el ámbito laboral, se hace especialmente necesario mantenerla. Generalmente, tendremos mayor facilidad para ilusionarnos si formamos parte de algo y ese algo sólo puede ser un proyecto. Más grande, menos ambicioso, innovador, de consolidación, a corto plazo, extendido en el tiempo, de alcance internacional, de corte doméstico. Da igual, un proyecto. Es decir, la planificación de toda una serie de actos, que gestiona esfuerzos y recursos, humanos y materiales, con el fin de conseguir un objetivo en un período de tiempo. Hace poco tuve la oportunidad de escuchar a Carlota Castrejana, compañera de profesión y ex atleta de élite, olímpica y campeona de Europa de salto en 2007, quien comentaba que es imposible trabajar durante años para jugártela en una prueba en un momento, si no disfrutas el camino. No puedo, también, estar más de acuerdo con que ese “disfrutar del camino” sólo se logra con ilusión. Ahora lo llamamos motivación y en las empresas y despachos nos preocupamos de fomentarla, institucionalizarla y darle cauce. Loable empeño y acertado desempeño, pero lo uno y lo otro no es más que el empujón que acompaña la inercia del vagón. Por más y mejores políticas de motivación, creo firmemente que es imposible que se pueda lograr algo, que arranque el vagón, sin el combustible necesario de la ilusión personal.

Supongo que muchos de los que me lean pensarán que la ilusión es algo bueno pero que por concepto y definición (por cierto el español es el único idioma en el que ilusión tiene doble acepción, positiva y negativa, mientras que en todos los demás el concepto es negativo entendido como un engaño de los sentidos) sólo puede darse en aquellos que están en etapas iniciales de la vida o referidos en términos laborales, al principio de su carrera. Nada más lejos de la realidad. Viene a mi cabeza otro libro. Ustedes me disculparán, pero que mejor que honrarles con lo que gente brillante ha puesto blanco sobre negro en vez de con lo que yo podría llegar a decir. Hay un párrafo de ese maravilloso libro escrito por Margarite Yourcenar y deliciosamente, aún más deliciosamente, traducido del francés por Cortázar, Memorias de Adriano, en el que el anciano emperador en forma de carta transmite a un adolescente Marco Aurelio todo su conocimiento y experiencia de la vida, y que en concreto en el texto que extraigo, le habla por medio de una atenuación, precisamente de lo que comentábamos sobre que la ilusión no se pierde ni en el final de nuestros momentos.

“La existencia me ha dado mucho, o por lo menos he sabido extraer mucho de ella; en este momento, como en los tiempos de mi felicidad, y por razones absolutamente opuestas, me parece que no tiene ya nada que ofrecerme; y sin embargo no estoy seguro de que nada queda por aprender de ella. Escucharé sus secretas instrucciones hasta el fin”.

A estas alturas, pasa de dos décadas las que llevo enrolado en la Marina, es decir en el mundo laboral, y parafraseando aMiguel Hernández, de cuatro en “varios tragos de la vida”, sigo manteniendo la ilusión cada día. Cada peldaño que subimos sigue siendo ilusionante. Incluso aquellos días que el escalón está resbaladizo y doy con mis viejos huesos en el suelo, tengo un millón de razones para levantarme. Y créanme algunas razones no son buenas razones, otras son puro ilusionismo que no ilusión, otras son tontas conclusiones. Algunas son por la más clara razón del mundo, simplemente “porque sí” y lógicamente, también “porque no”. Pero otras, quizá las menos, son unas estupendas y maravillosas razones para la ilusión: el proyecto, la relación con los compañeros, las numerosas e interesantes personas que nuestra profesión nos pone en el camino y que de otra manera quizás no conoceríamos, las mil y una oportunidades de participar en asuntos realmente atractivos y singulares, los retos que tenemos que asumir o las satisfacciones cuando algunas cosas, también las menos, salen bien.

 Y si no les he convencido aún, les cito a Juan Rulfo en Pedro Páramo:

                      ¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido.

 

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2 comentarios sobre “El precio de la ilusión

    […] Leer artículo […]

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    El valor de la rivalidad « cienXcien personas escribió:
    octubre 24, 2014 en 9:40 am

    […] verdad es que no lo sé. No me acuerdo. Pero lo puedo estimar gracias a un post de Emilio Gude, “El precio de La Ilusión”, publicado también en este blog, y que les recomiendo que lean por dos motivos: primero, porque […]

    Me gusta

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