Programados para la acción

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Por Laura Puyol Gil. Psicóloga Instituto Motivacional Estratégico. http://imotiva.es/

lauraaaaaVivimos en un mundo que está en constante movimiento. Continuamente tenemos la sensación de no poder parar. Si uno no hace varias cosas a la vez acaba sintiéndose un bicho raro.

En definitiva, estamos programados para la acción. Pero, ¿qué pasa cuando nuestras acciones no van precedidas de una reflexión?, ¿dónde podemos acabar si apretamos el acelerador y simplemente conducimos calle adelante sin un rumbo?

Hay pocos momentos en la vida en los que sacamos la marcha, ponemos el freno de mano y quitamos la llave de nuestro coche.  Y es que parece que lo importante para una sociedad como la nuestra es hacer, solucionar, resolver, buscar y crear. Y cuanto más rápido mejor. Y es esta actividad frenética la que nos invita a entrar en una espiral de la que en ocasiones somos incapaces de salir.

Pareciera que dentro de cada uno de nosotros hubiera una gran fábrica. Así, antes si quiera que las podamos experimentar, nuestras sensaciones y nuestras emociones entran por la línea de producción y automáticamente se clasifican y se enlatan en pensamientos polarizados, y acto seguido pasamos a la siguiente en la interminable lista de experiencias por vivir, de cosas por hacer.

Actuamos en muchas ocasiones guiados por un mandato subliminal que nos lleva a despojarnos con la mayor rapidez posible de toda sensación y emoción y convertirla de manera inmediata en un pensamiento, enlatado y encorsetado. Parece que no hubiera tiempo para saborear nada, todo tiene que seguir su ritmo y a veces no encontramos la manera de parar la producción.

Es en el pensamiento en el que todo parece cobrar forma. Esto es bueno, malo, deseado, no deseado, adecuado, no adecuado. A partir de ahí, huiremos de cualquier sensación o emoción que interpretemos como negativa sin darnos cuenta de lo que perdemos en esa huida.  Cogeremos las latas marcadas con un círculo rojo y las arrojaremos lo más lejos posible, y amontonaremos las latas marcadas con un tono verde en nuestro almacén, con un “pendiente de disfrutar”.

Y así funcionamos la mayoría de nuestro tiempo, asignando de manera automática un valor positivo o negativo a cada emoción y sensación y actuando en consecuencia. Dependiendo del valor asociado, así será nuestro pensamiento inmediatamente posterior y por ende nuestra conducta sucesiva. Pero ¿cómo se determina el valor que le asignamos a nuestras vivencias?

Os propongo guardar unos minutos al día para simplemente parar, escuchar a vuestro cuerpo, atender a vuestras emociones y observar los pensamientos fluir, como si no os pertenecieran. Por un momento, os invito a parar la producción automática de pensamientos y abandonar esa actividad frenética que nos empuja a la acción. Intentaremos colocarnos en una posición de observador en la que vemos cómo las sensaciones, las emociones y los pensamientos vienen y se van, sin hacer ningún esfuerzo en retenerlos, en enlatarlos. En este momento, las cosas no son ni buenas ni malas, ni agradables ni desagradables, simplemente son.

Nos ayudará imaginarnos que somos un bebé, trasladarnos por unos instantes al mundo de un ser humano de pocos meses. Tratemos de captar la realidad como ellos la perciben, sin categorías establecidas, sin saber que algo es bueno o malo. Sin poder relacionar, por el momento, unas sensaciones con otras, sin controlar la atención, dirigiendo ésta hacia donde los estímulos les llevan. Un bebé que siente, pero todavía no tiene asociado ningún concepto a ese sentir. Un bebé que vive el momento moviéndose de estímulo en estímulo sin quedarse fijo en nada durante mucho tiempo. Vamos por un momento a no juzgar la experiencia, simplemente vivirla como si fuera la primera vez.

A partir de ahí, uno puede empezar a reflexionar. Cuando reflexionamos a cerca de nosotros mismos sin temor a sentir, sin miedo a ver, encontraremos un mundo menos angustiante y más tolerante con nosotros mismos y con los demás. Un mundo que camina despacio, que nos permite saborear y sentir y nos ayuda a fijar el rumbo de nuestro propio camino.

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